Mientras algunos buscan inmediatamente el aire acondicionado, otros necesitan ponerse un abrigo. Incluso dentro de una misma habitación puede haber personas que tengan sensaciones térmicas completamente diferentes.

La temperatura corporal y la manera en que percibimos el frío dependen de numerosos factores. El metabolismo, la circulación sanguínea, la cantidad de masa muscular, la alimentación, la actividad física y hasta el nivel de estrés pueden influir.

También es normal que algunas personas sean naturalmente más sensibles a los cambios de temperatura. La edad y determinadas condiciones ambientales también pueden modificar esta percepción.

Sin embargo, cuando la sensación de frío es constante, aparece incluso en ambientes cálidos o se acompaña de cansancio, debilidad u otros síntomas, puede ser conveniente consultar con un profesional de la salud.

En algunos casos, una sensibilidad excesiva al frío puede estar relacionada con anemia, problemas circulatorios o alteraciones de la tiroides.

Por eso, la próxima vez que alguien diga que tiene frío en pleno verano, quizás no sea simplemente una cuestión de «ser friolento».

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